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| Orbis Beltré |
Por: Orbis Beltré
Es
indiscutible que existieron y existen genios teístas. Lo que resulta
verdaderamente discutible es si sus hallazgos científicos o filosóficos
corroboran la existencia del Dios judeocristiano o de cualquier otra deidad.
Respecto
al afamado argumento de que «si hay una creación, debe haber un creador y ese
creador es Dios», la premisa no es tan lógica ni tiene tanto sentido como comúnmente
se asume, aun cuando se tome como punto de partida la lógica aristotélica —otro
genio con aportes que, paradójicamente, pueden usarse en su contra—.
Asumir
tal premisa deja abierta una curiosidad aún mayor sobre la naturaleza y el
origen de ese Dios, una interrogante que no se satisface simplemente apelando
al concepto de la «causa sin causa» o del «motor inmóvil».
¿Si
existe un reloj, debe existir un relojero?
Considero
un error de apreciación comparar el universo con un reloj, especialmente cuando
la humanidad ni siquiera conoce por completo el sistema solar en el que habita,
ni ha terminado de descifrar la complejidad de su propio cerebro.
¿Si
hay una creación, hay necesariamente un creador? Probablemente esa sea una
premisa errónea y, por ende, la conclusión no podría ser distinta.
Además,
resultaría poco probable que el diseñador de un reloj construyera el entorno de
tal manera que fragmentos de otros relojes se estrellaran constantemente contra
su obra. Si fuera así, habría que sopesar qué clase de inteligencia existe
detrás de semejante creador y si realmente le importa la suerte de quien
depende de ese reloj para vivir.
Lo
perjudicial de cualquier creencia o descreencia es pretender poseer la verdad
absoluta. Ese sigue siendo el gran pantano de las religiones: pretender enseñar
un libro como la palabra incuestionable de un dios.
Desde
mi perspectiva, el ateo solo puede serlo respecto a los dioses conocidos en el
devenir histórico de la humanidad, divulgados a través de esos libros sagrados
e incuestionables.
Nadie
puede declararse ateo del dios de una civilización que habite a diez trillones
de años luz de la Tierra; sería una insensatez negar lo que se desconoce por
completo. Podría ocurrir incluso que un cristiano, al llegar allí, transformara
su noción de la divinidad y se volviera tan ateo de su antigua noción como lo
es hoy de los dioses del antiguo Egipto o de la Grecia clásica.






