lunes, 17 de junio de 2019

Por estos motivos debe imponerse la Biblia como valor jurídico por encima de la Constitución

Orbis Beltré

Por Orbis Beltré

La Biblia es tan provechosa moralmente que deberíamos preguntarnos por qué no la adoptamos como valor jurídico por encima de la Constitución.

Si adoptásemos la Biblia como norma jurídica suprema, tendríamos un Estado como el Vaticano, caracterizado por sostener una sociedad honesta, pacífica, respetuosa de los derechos humanos y esculpida sobre los criterios más refinados de justicia (así, por fin, sería imposible que hubiera pederastas, violadores de niños o encubridores de tales criminales). 

¿En qué lugar de este mundo se lee más la Biblia que en la Iglesia? Por eso, la Iglesia —sin importar si es católica o protestante— jamás se ha visto envuelta en ninguna acción reñida con la moral.

Aquí en la República Dominicana, como no hay una iglesia en cada esquina, ni nos meten la Biblia por ojo, boca y nariz desde la radio, la televisión, el metro, la guagua voladora, el carro de concho, Facebook, los grupos de WhatsApp, los parques y las plazas públicas, necesitamos con urgencia que se imponga en las escuelas la lectura obligatoria de ese gran libro.

Es inaceptable que se quiera desconocer que la nuestra es una nación cristiana. Deberíamos proponer que la Biblia se estampe en el escudo nacional y que la palabra «Dios» sea parte de nuestros símbolos patrios, aunque dichos símbolos no sean propiedad exclusiva de los cristiano-religiosos.

Deberíamos proponer que la Ley No. 66-97 sobre Educación establezca en el artículo 4, literal e, que «todo el sistema educativo dominicano se fundamenta en el cristianismo». Con eso resolveríamos automáticamente todas las carencias en la materia.

También deberíamos proponer que el Gobierno exonere de todo impuesto a las iglesias y les regale tierras y edificios...

Otra cosa que deberíamos rogar es que el presidente de la República, al asumir su cargo, jure por Dios cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes. Así nos evitaríamos el lío de reformar la Carta Magna para la reelección. Además, si nuestros presidentes jurasen por Dios al tomar posesión, serían sumamente serios y coherentes en el desempeño de sus funciones y jamás serían capaces de «comerse un tiburón podrido».

 Casi se me olvida: si tuviésemos una ley que obligara a nuestros diputados y senadores a invocar un pasaje bíblico antes de sesionar, nos habríamos librado de los contratos firmados sin leer y de las obras sobrevaluadas como las de Odebrecht.

En los tribunales de la República deberíamos colocar un Cristo en cada estrado. Así nuestros jueces serían probos y, ni hablar, desaparecería la tremenda mora judicial que parece invencible en ese poder del Estado.

Asimismo, deberíamos asignarles santos, arcángeles y vírgenes protectoras a instituciones como el Ejército, la Fuerza Aérea y la Armada. Así tendríamos un país libre del tráfico internacional de drogas; no habría trata de personas en la frontera con Haití, ni viajes ilegales en yola a Puerto Rico, ni el espacio aéreo dominicano podría ser vulnerado por el crimen transnacional.

Por cierto, si la Policía Nacional tuviera un santo patrón, los agentes ganarían un sueldo justo por un trabajo tan riesgoso e importante, y no existiría en dicha institución acto alguno de corrupción.

Si la Policía Nacional contara con San Judas Tadeo y, al mismo tiempo, cada provincia y municipio del territorio nacional tuviera su respectiva divinidad protectora, el país sería un modelo de seguridad ciudadana y prosperidad, y no un arrabal como Higüey, por solo citar un caso.

En conclusión: si tuviéramos la Biblia, a su Dios, los rezos y las oraciones hasta en la sopa, la República Dominicana no sería el atolladero que es hoy.