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| Orbis Beltré |
Por Orbis Beltré
Tras el lamentable hecho
de la violación y asesinato de una niña de cinco años —caso en el que se
encuentran involucrados tres menores de edad—, no son pocas las voces que
exigen modificar el Código del Menor para contemplar penas más severas. Expreso
al respecto mi postura:
El problema no se
resuelve juzgando a los niños como adultos ni imponiendo sanciones más
drásticas. Al menos, esa es la conclusión lógica cuando observamos la realidad
de países como los Estados Unidos.
La verdadera solución
radica en la educación y en políticas públicas que fortalezcan al Estado en
materia de protección a la infancia en situación de vulnerabilidad. Sin
embargo, para lograrlo se requiere una sociedad con vocación de desarrollo o,
como mínimo, la aspiración genuina de construirla.
En una nación con
instituciones tan débiles como las del Estado dominicano —donde la corrupción
pública y privada se ampara en las leyes o en sus omisiones, y donde la
impunidad parece ser la norma en las altas esferas—, resultaría iluso esperar
que los más jóvenes no imiten aquello que ven y escuchan a diario.
Me permito ir más lejos:
resulta cínico escandalizarse cuando vemos a niños violando y asesinando,
mientras exhibimos sin sobresalto alguno en las recepciones sociales a un jefe
del Ministerio Público de conducta cuestionable como Francisco Domínguez Brito,
o mientras todo un pueblo elige como su representante ante el Senado de la
República a una figura como Félix Bautista, por solo citar dos ejemplos.
La conducta de estos
niños, hoy imputados por este horrendo crimen, podría ser el reflejo de:
Haber llegado al mundo
bajo la tutela de padres sin criterio sobre lo que implica la paternidad y sus
responsabilidades.
La exposición constante
a una televisión nacional que, sin respeto por los horarios ni por el público,
difunde contenidos de ínfima calidad.
La influencia de una
programación radial que transmite chabacanerías las 24 horas del día.
El impacto de crecer en
la más abyecta pobreza, como ocurre en la mayoría de nuestros barrios: entre
callejones de casuchas y hacinamiento sistémico.
Lo más probable es que
estos niños simplemente se hayan adelantado al pueblo llano en comprender y
ejecutar el mensaje que las autoridades envían desde hace tiempo: en este país
se puede cometer cualquier crimen sin consecuencia alguna, siempre que se goce
de cierta impunidad o estatus. De hecho, al presidente del partido de gobierno
un confeso narcotraficante lo señaló públicamente como su socio y nadie
investigó a nadie. Sumado a esto, pocos le han fallado tanto al país como
Leonel Fernández, y, sin embargo, el sistema lo mantiene intocable.
Es sumamente fácil
exigir castigos severos para estos menores. Cabe preguntarse si, honestamente,
la sociedad dominicana cuenta con los mínimos atributos morales para exigirles
a sus niños una conducta decorosa.
¿Acaso lo que estos
menores hicieron es más repudiable que la actitud de la Iglesia católica
dominicana al encubrir a sacerdotes, obispos y nuncios abusadores de niños?
¿O es que ya no
recordamos el caso del orfanato San Rafael del Yuma, en Higüey —vinculado al
obispo Ramón Benito de la Rosa y Carpio—, cuyo único castigo consistió en su
traslado a la diócesis de Santiago de los Caballeros? No escuché a nadie exigir
justicia en su contra.
¿O no recordamos cómo el
Estado dominicano protegió al padre Alberto, el sacerdote polaco que en
Juncalito, Santiago, abusó de decenas de niños?
¿O cómo se facilitó la
huida del nuncio Wesołowski tras destaparse que cometía pederastia en nuestro
país?
¿Acaso olvidamos cómo el
Estado, la Iglesia católica y la Iglesia evangélica condenaron a la muerte a
«Esperancita»?
¿O cómo se pretende, a
través de reformas legislativas, desproteger física y moralmente a las mujeres
más vulnerables de la nación?
¿O es que ya olvidamos
que en las últimas elecciones votamos para elegir como regidores, alcaldes,
diputados y senadores a personas señaladas por corrupción y narcotráfico?
Sé que no faltarán
quienes apelen a su acostumbrada cortedad de miras con el cliché de «tienes
intención de justificar una cosa con la otra». Precisamente, estas líneas
fueron motivadas para interpelar a ese tipo de conciencia.






